“Lights will guide you home”

Canción original: Fix you, de Coldplay.

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Cartas al vacío: Habitación S/N

Por Mabel VJ
¿Dónde estás? No te conozco aún. Sólo sé que llevo una fortuna gastada en esta habitación con la que nunca has dado. Te espero tumbada, con las medias a medio camino entre hoy y nunca. Me corté las uñas, no quiero dejar que el subconsciente me traicione, esta habitación no es mi sabana habitual. En el móvil un número oculto me habla de ti, pero no me engaño, seguramente sea un operador telefónico.

Vacilo entre la excitación y el sueño. No sé si ser natural o esperarte al natural. El silencio se va desnudando ante mí, con sus manos diluidas, con su sarta de relojes al borde del orgasmo perpetuo, ese tac final que nunca llega, ese lienzo a medio acabar.

Resignada a la fugacidad etérea me revisto, cojo prestada alguna sábana, dejo en el aire algún aliento. Intento leer un poco, busco motivos en poemas, pero siempre acabo apagando cigarrillos en el antebrazo del corazón, talado ya a base de colillas para que no diera lágrimas.

Avanza la noche y yo sólo hago componer canciones tristes y vaciar el minibar. Lo que te dije, al final ni dinero, ni hígado, ni cordura. Tampoco tú, es decir tampoco calor. Tampoco puzzle, tampoco rima, tal vez silencio, a lo mejor eco.

Al final bajaré al callejón a por algún mordisco, con tanto esperar las piernas se me enredan y una cosa lleva a la otra. Ya sabes, lo de siempre, estaré fuera de cobertura por lo menos veinte minutos. No tengo yo la culpa de que el zigzag de las cremalleras sea tan pegadizo.

[Respuesta a ciegas de la primera carta a Isis. Por Mabel VJ, desde Una foto y mil palabras]

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La eternidad de los genios


La eternidad es una virtud reservada para los genios. Por eso Chaplin es eterno. Con El gran dictador escupió al nazismo en la cara. Aunque se estrenó en 1940, en España fue prohibida durante 36 años, hasta que la muerte de Franco abrió la veda. Hace más de 70 años que Chaplin escribió el discurso final de esta película y, sin embargo, al oírlo de nuevo, parece que lo hizo ayer después de desayunarse los periódicos.

Chaplin fue candidato al premio Nobel de la Paz pero no llegó a recibirlo. Por aquel entonces estos premios tenían pies y cabeza y no se los daban a cualquier Obama por sólo vender el humo de la esperanza. Probablemente Chaplin tampoco se lo merecía. Él simplemente era un artista, en su justa acepción (como la que nos recuerda en estos días The artist), uno de esos pocos que, sin necesidad de dar órdenes, puede llegar a tener más poder e influencia que cualquier político: «Lo lamento, pero yo no quiero ser un emperador, ése no es mi negocio, no quiero gobernar o conquistar a alguien».

La vida de Chaplin da para más guiones que sus propias películas, por eso me gusta recordarlo cada poco. Porque cada poco nos inyectan miedo, los corazones se nos vuelven un artificio y se nos olvida que somos humanos.

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Cartas a Isis: Volar

6 de febrero de 2012

Ni siquiera sé tu nombre y, sin embargo, la primera luz que se enciende en mí es la tuya. Aún sin haber abierto los ojos, mucho antes de que el sol fecunde el cielo, eres tú la que amanece en mi oscuridad dormida. No te pienso, porque todavía no existes; no te necesito, porque sigo con vida. Te siento y te deseo. Y a veces te sueño y, con una sonrisa ladina, te susurro: “¿Y si existieras?”. ¿Y si estás al otro lado susurrándome lo mismo? ¿Y si nos estamos soñando ahora?

Los y si… son puñales que se nos clavan al poner los pies en el suelo; qué alto nos hacen volar y qué profundo el corte que dejan sus puntos suspensivos… Isis es tu nombre. Te llamas así porque quiero que vueles. «Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportar una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias. Pero eso sí –y en esto soy irreductible–, no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar»¹.

Porque el amor no puede hacerse de otra manera que no sea volando, y hay tan pocas mujeres que sepan volar…

¹ Girondo, Oliverio: Espantapájaros (1932)
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Ausencias presentes


Kuki era un loco y cuatro patas. Podía tirarse horas y horas mascando aire, literalmente: inclinaba su hocico renegrido hacia el cielo y lamía una y otra vez la deliciosa brisa que paseaba por el jardín. El resto de su dieta estaba compuesto, en buena medida, por la comida que los demás dejábamos en su plato una vez que nuestras barrigas reposaban satisfechas.

Kuki tampoco masticaba, eso era de cobardes y estirados, y una auténtica pérdida de tiempo cuando directamente podías tragarlo todo. Mi madre siempre me dice: “Este niño no traga, engulle”. Pues Kuki me dejaba en pañales y yo estaba muy orgulloso de ello. Recuerdo aquella vez que lo vi caminando hacia mí con un extraño cordón colgando de la boca… Engulló el chorizo, sí, pero dejó la cuerdecita fuera para poder devolverlo por si no quedaba satisfecho una vez digerido. Esto volvió a repetirlo otro día aunque lo que colgaba entonces fueron los flecos de la fregona, con la que se ve que tuvo una fuerte discusión. Jamás quiso hablarnos del tema.

Aunque Kuki pueda considerarse un nombre propio –todo un clásico en las estirpes caninas, junto a otros como Yaki o Rambo–, el suyo era prestado o, más concretamente, heredado. Anteriormente tuvimos en casa un perro adorable (puede que sea la primera vez que utilice este adjetivo sin ironía) que se llamaba Kuki; nos lo regalaron con el nombre incluido y lo aceptamos a regañadientes. Él fue Kuki I, un perro ejemplar, noble, muy obediente, al que se lo llevó por delante una oleada de envenenamientos ejecutada en mi barrio por algún sucio perro humano. Murió en el acto. Su muerte nos dejó tan destrozados que mi hermana intentó remediarlo con otro clavo… y Kuki II entró en nuestra vida. Lo trajo a casa con apenas unas semanas de vida, aún sin bautizar, así que teníamos por delante toda la libertad del mundo para ponerle el nombre que quisiéramos… y nos cogió el toro. Mi padre empezó a llamarlo Kuki provisionalmente, mientras nos decidíamos otro, pero los días pasaban y se hizo irremediablemente oficial. Fue bautizado como Kuki II, y todos sabemos el carácter que tienen los de la realeza…

No acataba órdenes ni aceptaba demarcaciones territoriales. Buscaba constantemente la forma de colarse en los lugares prohibidos (dentro de casa o la calle) y despreciaba los cientos de metros cuadrados de jardín por los que se extendía su reino. Cuando se escapaba a la calle no podías hacer otra cosa que esperar a que volviera por su propia pata porque cuanto más lo llamaras o más lo persiguieras, más lejos se iba él y más se reía de ti. Ese recochineo me ponía enfermo y me vengaba cerrándole la cancela: “Quieres calle, pues toma calle”. Al rato volvía, con la ronda de reconocimiento finalizada y su orina escrupulosamente repartida entre las esquinas, y empujaba la cancela en balde, queriendo abrirla. Entonces empezaba a ladrar, pero no de una forma cualquiera, había ideado un ladrido específico para aquellos casos, uno muy corto pero estridente y sorprendentemente eficiente; en apenas unos minutos tenía a varios vecinos dispuestos a abrirle la puerta.

Kuki era un perro flauta, un antisistema, un cascarrabias que se dejaba querer en pocas ocasiones. Las greñas, bien largas; y las mordidas, aseguradas si intentabas pelarlo o bañarlo. Sus tareas de mejor amigo del hombre las limitaba a las bienvenidas pero, eso sí, eran espectaculares: llegabas a casa y te formaba un espectáculo de revoloteos, saltos y latigazos de rabo con tal intensidad que desde lejos tenías que ir diciéndole: “Ya, Kuki, ya. Ya, ya, ¡yaaaaaaaaaaa!”. Y si dos minutos más tarde volvías a salir de casa, por ejemplo, para tirar la basura y regresar enseguida, te organizaba la misma fiesta, como si le hubieran reseteado la memoria.

Ayer por la mañana, cuando salía de casa para ir al trabajo, Kuki no me esperaba en la puerta. No estaba ahí con los pelos del hocico aplastados de haber estado durmiendo enroscado. Era imposible no sonreír al verlo así, por muy temprano que fuera, por mucho frío que hiciera. Cuando arranqué la moto tampoco apareció para ladrarle tal y como los indios aúllan al pájaro de acero. Unos minutos antes, mientras desayunaba, escuché ese ladrido del que he hablado antes, ese que quería decir “¡Eh, estoy aquí, ábreme la cancela que quiero entrar ya!”. Fueron tres únicos ladridos, dos muy seguidos y un tercero aislado… En ese momento pensé que estaría fuera, en la calle, aunque los ladridos no venían de allí, sino del lado contrario del jardín. Demasiado temprano, pocas horas de sueño, pensé sin pensar. “Ahora cuando salga le abro”, pero al salir la cancela ya estaba abierta, por lo que deduje que alguien la habría abierto y que Kuki estaría ya dentro pero, entonces, ¿por qué no estaba ahí para despedirme antes de salir? Lo mismo había vuelto a salir… “O yo qué sé. Qué frío hace y qué sueño”. La probabilidad de lo cotidiano siempre rompe nuestras cavilaciones, no deja aventurarnos más allá, fulmina todos los “y si…”.

Al llegar a casa ya era noche y Kuki seguía desaparecido. No hubo fiesta de bienvenida. El jardín estaba a oscuras y había enmudecido, era imposible encontrar cualquier rastro del rastreador. Esta misma mañana, cuando el día amanecía gris, el agua de la piscina estaba más helada y turbia que nunca… No sé cómo llegó a parar ahí, pero Kuki no se merecía que sus últimas horas de vida terminarán así. Su tiempo se congeló. Aquellos tres ladridos fueron los últimos y yo los oí pero no supe escucharlos. Qué rabia da saber que con un pequeño gesto pudiste haberlo cambiado; cuando las señales están ahí, las reconoces y, aún así, pasas de largo.

No voy a desdecirme. Kuki era un cascarrabias, a veces un desagradecido, no siempre se dejaba querer pero, igual que uno nunca elige de quién se enamora, jamás elegí echarlo tanto de menos… Apenas levantaba dos palmos del suelo y, sin embargo, su ausencia está presente en todos los rincones que ha dejado vacíos y que ahora tan sólo recorre la brisa de la que él solía alimentarse.

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Losers

Losers from Everynone on Vimeo.

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Vida de pez

by Quistography

Es verdad lo que dijiste ayer de que un pez aprovecha mucho más sus posibilidades de vida de pez, que un hombre las suyas de hombre.

[Extraído de la correspondencia entre Carmen Martín Gaite y Juan Benet]

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